Mentiras del Este · Capítulo I
La partida
El primer capítulo, completo.
Mar Mediterráneo, 6 de agosto de 1945.
La noche se mostraba apacible pero hacía calor, ese calor húmedo y pegajoso tan propio del mes de agosto en el Levante. Eran ya las dos de la madrugada y el comandante Álvaro Torres, a pesar del cansancio acumulado, no podía dormir. Los preparativos de las últimas semanas habían sido muchos y las preocupaciones también. Aún así confiaba en que la suave brisa marina que soplaba en cubierta le ayudaría a despejar la mente y a vencer el desvelo. Pero iba a ser difícil, su cabeza bullía de tal manera que auguraba ser una misión imposible el intentar serenarla. Hasta ese momento todo parecía estar desarrollándose como se había previsto, sin embargo el comandante albergaba la incómoda sensación de que algo se le estaba pasando por alto, eran demasiadas cosas las que demandaban su atención. Sumido en su mar de dudas apoyó ambos codos en la barandilla de cubierta y miró pensativo hacia la costa. Habían zarpado del puerto de Alicante hacía poco más de una hora, con dos de retraso sobre el horario previsto. A lo lejos aún se podían vislumbrar las tenues luces que iluminaban los grandes muelles. Lucecillas parpadeantes cuya cadencia dejaba intuir el frenético trasiego que había tenido lugar allí durante todo el día, el mismo que se habría vivido a esas mismas horas en los puertos de Valencia y Barcelona desde donde había partido el resto de la flota. El comandante sacó del bolsillo de su guerrera un paquete de cigarrillos Luckie Strike, regalo de los americanos. Se encendió uno con su eterno chisquero, inseparable compañero desde hacía tanto tiempo que ya no recordaba cuando había llegado a sus manos. Aspiró el humo con ganas como queriendo consumir el cigarrillo en un instante y lo exhaló con parsimonia recreándose en su voluptuosidad sobre el negro horizonte ¡Qué diferencia con el tabaco nacional, tan seco y fuerte de sabor! Miró hacia la mano que sostenía el paquete y el chisquero; ante si tenía la imagen de dos mundos contrapuestos pero inexorablemente unidos: el nuevo y el antiguo, lo moderno y lo arcaico. El rubio americano le había gustado desde que probó su primer cigarrillo estando destinado en El Ferrol, allá por el año 1937. Por aquel entonces llegaban a los puertos gallegos muchos cargueros yankees repletos de víveres y provisiones para intentar paliar las carencias que sufría la población y también para contribuir a alargar la guerra que estaba asolando el país. El armamento italiano y alemán junto con la “manduca” norteamericana habían sido los recursos vitales para ayudar al bando nacional a conseguir la victoria en la cruenta guerra civil.
Los norteamericanos eran sin duda un pueblo peculiar. La capacidad industrial y los recursos de su país parecían infinitos en 1945, pero no siempre había sido así. El crack de La Bolsa de 1929 paralizó por completo su entonces creciente economía y puso en entredicho su tan cacareado estado del bienestar. A finales de la década de los treinta el inmenso país consiguió sobreponerse, a duras penas, gracias a contener el gasto público con firmeza en todos los ámbitos económicos, sobre todo en sus Fuerzas Armadas. Cuando comenzaron las hostilidades en Europa el ejército de los Estados Unidos, a pesar de los vastos territorios que ocupaba el país, contaba con unos efectivos ridículos. Bien era cierto que no tenían enemigos fronterizos de los que preocuparse demasiado, y que tampoco les afectaba directamente lo que ocurría a ambos lados de los grandes océanos. Pero aún así su potencial militar por esas fechas estaba muy por debajo del de países europeos tan humildes como por ejemplo Rumania, creyendo erróneamente que con su imponente fuerza naval podían estar a salvo de cualquier contratiempo. Durante la guerra en España cientos de empresarios norteamericanos hicieron suculentos negocios comerciando con todo tipo de mercancías; en el país no había de nada, todo faltaba o escaseaba, desde lo más insólito hasta lo más cotidiano. La desgracia española contribuyó en gran medida a la restitución del american way of life en su país de origen.
El comandante Torres era madrileño de nacimiento y el alzamiento le sorprendió destinado en La Coruña recién nombrado alférez provisional. Allí, en el “Balcón del Atlántico”, pasó casi toda la duración de la contienda realizando labores de abastecimiento. Aquellos fueron unos años muy duros pero no precisamente por los combates, él nunca estuvo en primera línea. Tampoco fue la espartana vida castrense la que hizo mella en su entereza, ya que debido a su cargo nunca pasó privaciones y siempre estuvo cómodamente alojado. Su desazón venía motivada por la obligada separación de sus seres queridos atrapados en el otro bando de un enfrentamiento sin sentido. Antes de comenzar las hostilidades el comandante no tenía ningún credo partidista y opinaba que la intrincada situación política que se vivía en el país era algo coyuntural. Esa realidad no distaba demasiado de la acaecida en otros países europeos, el auge de la izquierda no era nada nuevo en el mapa político del viejo continente y la opinión general mantenía que había que adaptarse a los nuevos tiempos. En ese contexto Torres no era más que un joven oficial, como tantos otros, cumpliendo su servicio en un destino elegido por el azar. Ya desde niño se había sentido atraído por la vida militar, y por aquel entonces toda la parafernalia castrense iba unida a los firmes hombros de su padre desde los que disfrutaba de las paradas militares en el Palacio Real y de los conciertos de las bandas en el parque del Buen Retiro de Madrid. La familia Torres, de clase media madrileña, regentaba un próspero comercio de telas en la calle de Alcalá. Sus padres, doña Ana y don Arturo, y su hermana mayor Rosa le dedicaban todo su tiempo. El negocio marchaba bien porque era familiar y todos echaban una mano en la pequeña tienda. Álvaro y su hermana pequeña, Marta, ayudaban cuando salían del colegio. En la tienda siempre había algo que hacer, no solo atender al público, que era tarea de los mayores, también realizar recados o poner en orden el surtido almacén. Don Arturo era un trabajador incansable y sus convicciones políticas eran como las de la mayoría de la gente como ellos: las de la conveniencia. En una República tan voluble lo único que anhelaba el pueblo era tener estabilidad, paz y poder ganarse la vida decentemente. Con la llegada de la guerra el negocio familiar siguió funcionando gracias a que Don Arturo supo adaptarlo a la nueva situación. Pasaron de comerciar con telas escogidas a trabajar con paños más bastos que serían utilizados para confeccionar uniformes para el Ejercito Popular. La guerra había trastocado la vida de la familia Torres como a la mayoría de las familias españolas. Aún así, y desde la distancia de su destino en el otro bando, el alférez Torres se sintió tranquilo sabiendo que sus seres queridos todavía mantenían el negocio y podían subsistir dignamente en esos difíciles tiempos que les había tocado vivir.
Un bramido estridente le sacó bruscamente de sus pensamientos. Era la sirena de un buque maniobrando en las inmediaciones. Delante de él, a poco más de cien metros, se atisbaba en la oscuridad de la noche la imponente figura del crucero Galicia surcando las aguas. Grande, majestuoso, poderoso, había sido botado en el año 1927 como crucero Príncipe Alfonso en honor al primogénito del desterrado rey Alfonso XIII. Había combatido al lado de la República con el apropiado nombre de Libertad y ahora, casi recién salido de los astilleros de una profunda modernización, navegaba como Galicia, un nombre con un intenso vínculo para el comandante. Su afilada quilla rompía las tranquilas aguas con tal facilidad que parecía dotarlo de una ligereza y de una esbeltez que realmente no poseía un buque tan venerable. El comandante Torres observaba su singladura con curiosidad hasta que una voz le hizo desviar la mirada hacia la zona de cubierta.
—¡Es impresionante…! ¿No le parece comandante?
La oscura silueta, semioculta por la penumbra, no revelaba ningún rasgo del individuo aunque su voz era inconfundible. Grave y autoritaria, pero a la vez fraternal y cercana, era la voz del coronel Diego Robles Castañeda.
—¡Todo un compendio de fuerza y poder! —volvió a intervenir el recién llegado— Y eso que es solo un crucero ligero…pero con un potencial tremendo…como nosotros.
El comandante se cuadró y saludó marcialmente a su superior.
—¡A sus órdenes mi coronel!
—Descanse Torres…dejemos por un rato las formalidades, hace una noche estupenda, aunque algo calurosa.
—Si mi coronel, tranquila y serena…
El coronel Robles se acercó hasta la borda sin dejar de mirar en dirección al crucero. Apoyó ambas manos en la barandilla de cubierta y al instante se giró sonriente hacia el comandante.
—Viendo este buque…y echando la vista atrás…me doy cuenta de como han cambiado muchas cosas…
—¿A que se refiere mi coronel…? —preguntó Torres con curiosidad—
El coronel, sin dejar de sonreír, volvió a mirar en dirección al crucero mientras este se alejaba.
—Pues que hace tan solo unos meses…todo esto habría sido inimaginable… y si me apura, le diría que incluso imposible de llevarlo a cabo…
Torres sabía perfectamente a lo que se refería el coronel Robles. El ejército español al finalizar la Guerra Civil, aún siendo altamente profesional y experimentado, estaba anticuado y sobre todo muy desgastado. El material con el que contaba había quedado obsoleto y prácticamente inútil para una hipotética participación española en un conflicto moderno. Tan solo un año antes, cuando comenzaron los preparativos de la expedición, habían transcurrido ya cinco desde el alto el fuego en España. Cinco años eran muchos años, y con una guerra de por medio parecían ser más todavía. Un aspecto positivo de los conflictos bélicos es el enorme desarrollo tecnológico e industrial que se experimenta durante su transcurso. Y de todas las acontecidas en la historia, la guerra en la que estaba enfrascada casi toda Europa en esos momentos era la más prolífica en ese sentido. Lo que en 1939 todavía era moderno y efectivo, en 1944 ya estaba totalmente desfasado. Durante la guerra en España el bando nacional había resultado victorioso gracias al esfuerzo de sus soldados y al equipo militar enviado por Hitler y por Mussolini. Al finalizar la contienda, el ejército español estaba pertrechado con un material formado por un batiburrillo de diversas procedencias. Inevitablemente eso hacía que un ejército vigoroso, en número y en experiencia, fuera totalmente ineficaz en los modernos campos de batalla salvo para una enconada defensa. Y esa precaria situación era algo muy evidente para el comandante y en cierta medida también para el coronel Robles.
El coronel Robles Castañeda era un auténtico veterano. Había participado en la Guerra Civil desde el primer día y pertenecía a la estirpe de los orgullosamente llamados “africanistas”. Con el grado de capitán había cruzado el Estrecho por el aire en un trimotor Junker JU52 alemán al frente de una compañía legionaria. Estuvo bajo las órdenes del general Yagüe y formó parte de la tristemente célebre “columna de la muerte” que arrasó Extremadura y que entró en Badajoz a sangre y fuego. Después de esos polémicos episodios, Robles estuvo apartado del frente durante más de dos meses por prescripción médica. A su regreso fue directamente transferido a la recién creada Bandera de Carros de Combate de la Legión, dependiente del 2º Tercio. Ese destino le cambió la vida. La confluencia con esa nueva arma, la que años más tarde sería la auténtica reina de los campos de batalla, supuso un antes y un después en su trayectoria profesional. Robles quedó profundamente impresionado por las posibilidades tácticas y operativas que ofrecían los carros de combate en el escenario bélico. Luchó en el frente de Aragón entrando con sus carros en la ciudad de Teruel contribuyendo a recuperar la única capital de provincia conquistada por el Ejército Popular en toda la contienda. Allí alcanzó el grado de comandante por sus méritos en combate. Después avanzó hacia el Mediterráneo por Vinaroz llegando hasta la ciudad de Valencia, siendo recompensado por esas acciones con el empleo de teniente coronel. Finalizada la contienda, Robles fue uno de los oficiales encargados de organizar el maltrecho parque acorazado del nuevo Ejército Nacional. No resultó nada fácil fraccionar en pequeñas unidades, que pudieran cubrir todo el territorio nacional, toda esa diversidad de vehículos alemanes, italianos y soviéticos faltos de repuestos y en un estado deplorable. Cuando la “División Española de Voluntarios” partió hacia Rusia en junio de 1941, Robles fue uno de los primeros inscritos en figurar en sus listas. Ya en el frente ruso, y a pesar de volver a estar encuadrado como oficial de infantería al no disponer la división de medios acorazados, estudió con atención las nuevas tácticas alemanas en el uso de los carros de combate. Pero lo más valioso que trajo consigo de aquella aventura fue la experiencia de combatir contra los soviéticos, sobreviviendo de milagro a la terrible batalla de Krasny Bor en el frente de Leningrado. A su vuelta a España, ya con las insignias de coronel en sus hombreras, intentó aplicar todo lo aprendido en la modernización del ejército español, misión muy complicada por la falta de presupuesto y de recursos.
—Si mi coronel —respondió Torres— se podría decir…¡Quién nos ha visto y quién nos ve…!
El coronel Robles cambió la expresión de su rostro ante el comentario y miró de reojo al comandante con el semblante serio durante unos instantes. Al momento se relajó y la sonrisa volvió a dibujarse en sus labios.
—¡Tiene usted toda la razón comandante!…hace un año escaso estábamos temerosos de una posible invasión por parte de los aliados…y ahora mírenos…¡Estamos aquí!
El coronel miró a su alrededor. El crucero Galicia ya se había perdido entre la bruma, pero a escasa distancia se divisaban las luces y las oscuras siluetas de varias embarcaciones de gran calado.
—¡Este momento es histórico joder!… —volvió a exclamar el coronel— ¡Lo que va en las bodegas de esta flota hará que España juegue casi de igual a igual con las grandes potencias!…el esfuerzo que se ha hecho…y usted lo sabe mejor que nadie comandante…¡Ha sido titánico!
El comandante Torres lo sabía ¡Vaya si lo sabía! Los últimos seis meses habían sido una auténtica locura. Como agregado al Estado Mayor, y teniéndose en consideración sus grandes dotes organizativas, el comandante había sido el encargado de crear lo que muchos superiores suyos tachaban de imposible. Superiores que luego se llevarían los méritos, porque un simple capitán, como era Torres por aquel entonces, seguía teniendo muchos mandos por encima ávidos de agasajos. Bien era cierto que el envío de la “División Azul” a Rusia había ayudado a conocer la planificación de un traslado de grandes efectivos. El comandante no se alistó en la División, ni tampoco formó parte de su equipo logístico, pero supo recabar información de los que si lo hicieron. Aún así la aventura divisionaria tan solo consistió en el envío de soldados, y estos ni siquiera portaban su armamento individual, los alemanes se ocuparon de instruirlos y equiparlos. Pero este nuevo proyecto en el que estaban inmersos era mucho más ambicioso y hubo que organizarlo todo casi desde cero. Se enviaba no una, sino dos divisiones de infantería completamente equipadas, junto con una brigada de carros de combate, unidades sanitarias y un contingente aéreo completo. Todo ello con sus pertrechos, provisiones y personal auxiliar. Además, y para complicarlo aún más, se añadían medios navales tanto de combate como de transporte. Lo primero que se hizo fue renovar todo el material, desde los simples uniformes hasta el equipo más complejo como los carros de combate y la artillería, modernizándolo y haciéndolo operativo para un escenario bélico de 1945. El ejército español se había quedado anclado en los años treinta, todo su material estaba obsoleto, en términos militares “no apto para el combate”. Durante la contienda española ambos bandos habían utilizado todo lo que podían conseguir sin importar su procedencia o tipología y sin aunar criterios de estandarización básicos en cuanto a calibres o municiones. Todo el material bélico que se pudiera conseguir era bienvenido. Así era común ver, por ejemplo, diferentes tipos de fusiles con distinta munición en una misma unidad, con todos los problemas que eso implicaba a nivel logístico. Además del material importado, en los territorios de ambos bandos se había gestado un notable entramado industrial para la producción de armamento de todo tipo, desde armas portátiles hasta piezas de artillería y rudimentarios vehículos blindados. Al llegar la paz, el Ejército Nacional sumó, a su ya de por sí extenso catálogo de material propio, todo lo incautado al ejército vencido. Por poner un ejemplo, el Ejército Popular había utilizado durante la contienda nada menos que 60 modelos de fusiles junto a 19 calibres distintos. El bando nacional “solo” había empleado una decena de modelos de fusil también con disparidad de calibres. Al finalizar la guerra las existencias de fusiles militares en España superaba el millón y medio de unidades repartidos en unos 70 modelos con más de una veintena de calibres diferentes. Eso solo hablando de los fusiles. En el caso de las ametralladoras, los morteros y la artillería sucedía exactamente lo mismo. Todo ese panorama convertía en una auténtica pesadilla el intentar afrontar una empresa expedicionaria de envergadura. Por ello no quedó más remedio que poner en marcha un ambicioso plan de modernización del material existente. De esa manera se estandarizó el armamento portátil y su munición a una cantidad lógica de modelos y calibres. También se modernizó la artillería con un efectivo “lavado de cara” de todos sus componentes haciéndola más operativa. Y por último se acometió un programa de actualización del parque acorazado con unos asombrosos resultados, incluyendo la fabricación de un carro de combate de nueva factura, el magnífico Verdeja. Con todo ello todavía no se llegaba al nivel operacional de un ejército de 1945, pero se le acercaba bastante.
—¡Su trabajo ha sido prodigioso comandante…! —exclamó el coronel—
—Gracias mi coronel. Pero debo decir que ha sido un esfuerzo compartido por muchos…
—¡Tonterías!…¡Todo esto se lo debemos a usted!…¡Dijo que era posible y así ha sido…!
En ese momento se escucharon pasos por cubierta. Un grupo de seis fusileros acompañados por un cabo surgieron de la penumbra y al percatarse de la presencia de los dos oficiales se detuvieron bruscamente cuadrándose ante ellos. Se trataba del pelotón encargado de hacer el relevo de la guardia.
—¡A sus órdenes mi coronel y mi comandante! —gritó el suboficial—
—Descansen cabo —respondió el coronel— y aguarden un momento.
El coronel se acercó al grupo y se dirigió hacia uno de los soldados apartando al resto con un gesto de la mano. Con parsimonia, dio una vuelta alrededor del azorado infante observándolo con sumo interés.
—Esto —dijo señalando al soldado con el dedo— es solo una pequeña muestra, pero muy significativa comandante. Esta es la viva imagen de un combatiente moderno acorde con estos tiempos…este uniforme…este equipo…sencillo, funcional…es perfecto.
En efecto, el equipo del soldado era de corte muy actual. El uniforme, de color caqui, recordaba al usado por el ejército norteamericano pero con pequeñas modificaciones. Confeccionado en algodón ligero y dotado de amplios bolsillos hacía muy cómodo su uso. Los correajes no eran los acostumbrados de cuero, eran de tela al igual que las cartucheras, de un color también caqui pero más oscuro que las prendas. El soldado calzaba botas de piel negra de media caña con polainas confeccionadas en una sola pieza. El casco de acero era el clásico modelo español Trubia sin alas pero con una funda de tela del mismo color caqui que el uniforme, lo que le asemejaba aún más al icónico Stahlhelm alemán. El arma que portaba el soldado era el mosquetón Mauser español M-43, una copia muy bien manufacturada del magnífico Kar 98 utilizado también por la Wehrmacht.
—¡Es fantástico…! —volvió a manifestar el coronel—
El cabo no sabía que decir ni que hacer ante las efusivas alabanzas de su superior, no entendía nada.
—¡Soberbio…!
—Gracias cabo —intervino el comandante Torres— pueden retirarse ya.
—¡A sus órdenes mi comandante!…¡Meeeedia vuelta…arr!
El grupo de soldados se alejó con paso firme hasta perderse de nuevo en la oscuridad.
—Una imagen vale más que mil palabras comandante…
El coronel se acercó de nuevo hasta la barandilla de cubierta, se aferró a ella con ambas manos y volvió a escrutar en la lejanía.
—Y eso es lo que tenemos que mostrar a los aliados…España está con ellos…y debe estar a la altura…o al menos parecerlo ¡Es muy importante…!
—Si mi coronel —respondió con decisión el comandante— Yo creo que lo estamos…
El coronel se giró bruscamente y le miró fijamente a los ojos.
—¡Por supuesto comandante!… no lo pongo en duda. Haremos un buen papel. El soldado español siempre ha cumplido con su deber…¡Siempre!…en cualquiera de los bandos en los que haya luchado y en cualquier circunstancia —consultó su reloj— Creo que ya va siendo hora de retirarse. Voy a intentar dormir un poco…hoy hemos tenido un día duro.
—Que descanse mi coronel —respondió Torres llevándose la mano a la gorra—
Robles se alejó lentamente. El comandante se quedó observándolo hasta que su figura se perdió entre las sombras y solo se intuía vagamente su presencia por el rescoldo de su cigarrillo. Cuando el pequeño punto de luz desapareció de su vista, Torres se dio la vuelta y volvió a apoyarse en la herrumbrosa barandilla mientras sacaba un nuevo cigarrillo y se lo encendía. Esta vez le costó prender el chisquero, la humedad en el ambiente era exagerada. Dio una honda calada y volvió a ensimismarse en la contemplación de la humareda. El coronel tenía razón, el esfuerzo había merecido la pena, se le notaba ilusionado y no era para menos. Hacía menos de seis meses tenía bajo su mando una auténtica “chatarrería” compuesta por carros de diversa procedencia y en un estado lamentable. Ahora, sin embargo, estaba al frente de una pequeña pero potente fuerza acorazada inimaginable en España hacía tan solo unos meses. En las bodegas de los transportes, y como “joya de la corona”, viajaban 10 flamantes Panzer IV ausf H y 5 cañones de asalto Stug III de procedencia alemana. Esos vehículos eran fruto del acuerdo del Programa Bär con Alemania por el que se intercambiaban materiales estratégicos, como el mineral de wolframio, a cambio de maquinaría y armamento moderno. Las pretensiones españolas eran las de conseguir 200 carros, lo que para los alemanes era imposible de materializar dada la perentoria necesidad que tenían ellos mismos de armamento pesado. Al final el gobierno español tuvo que conformarse con 20 Panzer IV y 10 Stug III, formando con ellos tan solo dos compañías acorazadas, aunque altamente operativas.
Al finalizar la guerra civil se contaba en España con un buen número de carros ligeros T-26 de procedencia soviética que habían combatido en el bando republicano. Este exitoso vehiculo estaba basado en el británico Vickers de 6 toneladas y las autoridades soviéticas lo habían evaluado a finales de los años veinte buscando una alternativa a su carro estándar que por aquel entonces era el T-19, un ingenio caro de producir y más difícil todavía de mantener. Originariamente el carro británico estaba dotado de dos torretas armadas con ametralladoras. Los soviéticos lo modificaron muy acertadamente instalando una sola torre más grande y equipándolo con el magnífico cañón 45/44 de 45mm. Esta configuración hizo que se le catalogase, al comienzo de la década de los treinta, como el mejor carro ligero del momento; la acertada combinación entre movilidad y potencia de fuego hacían del T-26 un arma formidable. Fue muy apreciado en el conflicto español por ambos bandos, siendo superior en blindaje y potencia de fuego a los Panzer I alemanes y a las tanquetas CV-35 italianas que dotaban a las fuerzas nacionales, hasta el punto de llegar a ofrecerse la suculenta recompensa de 500 pesetas a quién fuera capaz de capturar uno intacto. Pero en la actualidad era ya un vehículo obsoleto. Los soviéticos todavía lo utilizaban pero en cometidos de segunda fila como la lucha anti partisana o para la protección de aeródromos y bases militares. Aún así el comandante Torres tuvo la idea de modernizarlo y para ello se puso en contacto con ingenieros militares y civiles buscando la viabilidad del proyecto. El planteamiento era complicado, el diseño original no dejaba mucho margen de maniobra y tampoco se contaba con grandes recursos ni con el intervalo necesario para acometer un proyecto de gran envergadura. Trabajando sobre una sola unidad a modo de prototipo, y en tiempo record, se consiguió lo que se buscaba. Se incrementó su blindaje mediante la adición de planchas de acero soldadas en todas las zonas propensas a ser perforadas por armas anticarro. Esa mejora trajo consigo un considerable aumento de peso del conjunto del vehículo por lo que se tuvieron que reforzar las suspensiones de forma acorde a la nueva carga. También se potenció el motor, rectificándolo y dotándolo de carburadores más eficientes y de un renovado sistema de alimentación y escape. En consecuencia se había conseguido una mayor protección del vehículo manteniendo intactas sus buenas aptitudes dinámicas. Como colofón se trabajó también para mejorar la efectividad de su cañón. Por cuestiones de espacio en la torre no era factible incorporar una pieza de mayor calibre que la de 45mm que montaba, y en el caso de que físicamente se hubiera podido hacer no habría habido presupuesto ni recursos para llevarlo a cabo. Se optó por intentar mejorar la capacidad perforante de su proyectil pero manteniendo el mismo diámetro. Para ello se sustituyó el tubo del cañón por uno más largo incrementando la longitud total en casi medio metro, pasando de 44 a 55 calibres. A eso se le sumó el rediseño de la granada anticarro que disparaba aligerando el peso del proyectil y alargando el cuello de la vaina en 15 cm para contener más cantidad de un propelente especial. Con esa nueva munición, que se conocería como 45PO (de potenciado), y el alargamiento del cañón, se conseguía incrementar el poder de perforación en un 15 por ciento sobre el de la granada original. En Noviembre de 1944, en poco más de un mes de trabajo, se había logrado dar una nueva vida operativa al venerable T-26. A pesar de ello las nuevas mejoras no fueron trasladadas inmediatamente desde el prototipo al resto de los carros. El comandante no se lo había comunicado a los ingenieros, para no ralentizar su trabajo, pero la modernización del T-26 solo era una medida de urgencia para guardarse las espaldas si otro proyecto que estaba en marcha no llegaba a materializarse en su totalidad. Ese proyecto más ambicioso era el Verdeja: la producción del primer carro de combate español fabricado en grandes series. El carro Verdeja era el fruto del ingenio de un visionario, el actual comandante de artillería Félix Verdeja Bardales. En 1937 el entonces capitán Verdeja estaba destinado en el Batallón de Carros de Combate al frente de la Compañía de Talleres como responsable de la reparación y puesta a punto de sus vehículos blindados. Allí tomó contacto con los modelos de carros más extendidos durante el conflicto: el Panzer I alemán y el T-26. Sin los medios adecuados y falto de repuestos, sobre todo del modelo ruso, la compañía tuvo que suplir la carestía de material con el ingenio. De esa forma el capitán se convirtió en una autoridad en la reparación de ambos vehículos. Conocedor de los pros y de los contras de sus diseños, y siendo un apasionado de la mecánica, Verdeja recibió la autorización para acometer su sueño: proyectar y construir un carro de combate propio. Los comienzos fueron duros teniendo que simultanear el mantenimiento de los vehículos de la compañía con el desarrollo de su proyecto. De esa manera, y con piezas de desecho, consiguió terminar su primer prototipo en 1938. El ingenio suscitó un gran interés en la comisión designada para su evaluación y debido a ello se creó el Taller Experimental de Carros de Combate en la Maestranza militar de Madrid. Allí, en 1940, ya finalizada la contienda, se construyeron dos nuevos prototipos con las mejoras dictadas por la comisión. En una nueva evaluación el Verdeja consiguió superar ampliamente en puntuación al carro T-26 contra el que competía. A la exhibición asistió el Generalísimo Franco, quedando gratamente impresionado y ordenando ese mismo día la fabricación inmediata de 1000 unidades. Para ello se ordenó la constitución de una Sociedad Mixta para la construcción de carros de combate y de tractores, pero ningún empresario privado mostró interés y el proyecto finalmente no se pudo llevar a cabo.
El diseño inicial del carro Verdeja era enormemente avanzado para su época, estaba dotado de unas características y mejoras que lo hacían muy competitivo en la categoría de carros ligeros del momento. Era un vehículo pequeño, de un peso de poco más de seis toneladas, lo que le daba una excelente movilidad aún dotado con un motor de mediana potencia. Esa agilidad, junto a su baja silueta, le hacían ser un blanco difícil a medias y largas distancias. Su diseño, tanto interior como exterior, era totalmente atípico para los estándares de la época. El motor estaba situado en la parte delantera y descentrado hacia la derecha teniendo a su lado el puesto del conductor. Debido a ello la cámara de combate y su torreta se encontraban desplazadas hacía la zona trasera del conjunto desde donde operaban el comandante-tirador y el cargador. El cañón que montaba era el mismo que el del T-26, el 45/44 ruso, con la peculiaridad de poder elevarse hasta los 75 grados permitiendo así hacer fuego antiaéreo, una característica única en su género. Pero lo más innovador era la adopción de un sistema que impedía el descarrilamiento de las cadenas, unos ingeniosos canales en los eslabones solucionaban un problema bastante común en los carros de la época. Lejos de desanimarse ante la negativa de poner en marcha el proyecto de fabricación, el recién ascendido comandante Verdeja decidió actualizar el diseño. En el año 1941, y teniendo en cuenta las nuevas doctrinas vertidas en la guerra en Europa, diseñó el Verdeja 2. Manteniendo intactas sus buenas cualidades dinámicas, el diseño original sufrió una profunda remodelación. El motor se instaló en la parte posterior del vehículo y se añadió un cuarto tripulante al lado del conductor con las clásicas funciones de ametrallador de casco y operador de radio. También se incrementó notablemente el blindaje de toda su estructura y se redondeó el vano trasero protegiéndolo de forma más eficaz. De esa manera su peso y su tamaño aumentaron ostensiblemente comparándolo con el primer diseño, pero gracias a un motor más potente sus características motrices no se vieron mermadas. Así, y después de muchas vicisitudes, el prototipo del Verdeja 2 estuvo listo en agosto de 1944. Ante el asombro del comandante Verdeja, las pruebas y evaluaciones técnicas comenzaron inmediatamente. El prototipo fue probado una y otra vez buscando sus posibles defectos y problemas de juventud, subsanándolos rápidamente y dotándolo del nuevo cañón 45/55 PO. El diseñador desconocía la orden de alta prioridad dada al proyecto desde las altas esferas y tampoco sabía nada de la fábrica que secretamente se estaba levantando en las afueras de la ciudad de Bilbao. El comandante Torres había conseguido, no sin grandes esfuerzos, poner en marcha la producción del sueño de Verdeja. La fabricación en serie se retrasó más de la cuenta ya que el proyecto era de una envergadura que sobrepasaba con creces las posibilidades de la devastada industria nacional. Como la producción no iba a poder suministrar a tiempo las unidades demandadas se habilitó en la misma fábrica de Bilbao una segunda nave para acometer las mejoras dispuestas para el T-26. El comandante Torres, con gran acierto, se había adelantado a los posibles contratiempos. Por esa nave pasarían además algunas unidades de Panzer I, tanquetas CV-35 y blindados UNL-35 que recibirían pequeñas pero sustanciosas mejoras. Menos de un año después el fruto de tanto esfuerzo descansaba en las bodegas de los cargueros que ahora surcaban las cálidas aguas del Mediterráneo. Junto a los 10 Panzer IV y 5 Stug III viajaban 27 Verdejas, 22 T-26, 10 CV-35, 5 Panzer I y 5 UNL-35; una fuerza acorazada con un potencial nada desdeñable. Bien era cierto que en su mayoría la componían carros ligeros, cuando el escenario bélico del momento estaba dominado por ingenios pesados pero, dada la naturaleza de la misión encomendada, la elección no era tan descabellada. El comandante no había tomado contacto todavía con el poderío militar soviético, solo había contemplado en fotografías y filmaciones los enormes monstruos acorazados que los rusos tenían en su arsenal. Sus diseños habían evolucionado mucho durante la guerra, al igual que los de sus adversarios. Con todo no podía dejar de sonreír imaginando la paradoja de ver a los T-26 españoles enfrentándose con los modernos carros soviéticos. Nunca mejor dicho “les iban a devolver la visita”.
El comandante arrojó la colilla de su cigarrillo por la borda y todavía ensimismado en sus pensamientos se encaminó lentamente hacia su camarote. Eran las tres de la madrugada del día 7 de agosto de 1945. En unas pocas horas el convoy abandonaría las aguas españolas rumbo a un destino con un futuro incierto.