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Mentiras del Este

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¿Por qué España no participó en la Segunda Guerra Mundial?

De la neutralidad de 1939 a la no beligerancia, la entrevista de Hendaya y la Operación Félix. La historia real del momento en que España estuvo a punto de entrar en la guerra, y de las razones por las que finalmente no lo hizo.

Por Raúl Sánchez Peña

En 1939, al estallar la guerra en el continente europeo, España se declaró neutral. El país, destrozado tras la guerra civil, no disponía de la capacidad económica ni militar para participar en un conflicto internacional. Sin embargo, en 1940, tras los fulgurantes éxitos militares de la Wehrmacht, Franco cambió su estatus legal al de no beligerancia. Este cambio de postura era inevitable dada su proximidad ideológica con la Alemania nazi de Hitler y con la Italia fascista de Mussolini. Pero no solo se trataba de afinidad política; la España de Franco tenía una deuda con ambas potencias. La ayuda proporcionada durante la guerra civil española, decisiva para que los sublevados derrotasen al gobierno de la República, debía ser abonada. Los italianos fueron más generosos que los alemanes, rebajando sustancialmente el importe de la deuda (de 6926 millones de liras a 5000) y permitiendo al gobierno español costearla en plazos durante décadas. El último pago fue abonado en 1967. Los alemanes fueron más estrictos. Exigieron que los 372 millones de marcos que se adeudaban se comenzasen a pagar inmediatamente mediante la exportación de minerales estratégicos (sobre todo wolframio) y productos agrícolas. Posteriormente se crearon empresas fantasma (HISMA en España y ROWAK en Alemania) para gestionar de forma más estricta el intercambio de las armas alemanas por los recursos españoles. Al término de la Guerra Civil, el estado español se encontraba económicamente devastado, no se podía hacer frente ni a las necesidades más básicas de la población. El sustento de todo un país: alimentos, combustible, materias primas etc, venía de fuera. Por eso Franco, sobre todo al estallar la guerra en Europa, sabía que no podía enemistarse con Gran Bretaña. Al finalizar la guerra en España los británicos reanudaron sus exportaciones; el carbón galés y las herramientas pesadas volvieron a hacer funcionar las dañadas industrias españolas y los fertilizantes reactivaron el sector agrícola. Todo ello, sumado al comercio con otros países, suponía un respiro para la maltrecha economía española. Enemistarse con Gran Bretaña no solo suponía dejar de comerciar con ella, podría significar el bloqueo por mar de los recursos provenientes de otros mercados. Y eso sería un desastre descomunal para el país.

En octubre de 1940 el poder de Hitler estaba en su momento más álgido. El ejército alemán tenía bajo su control media Europa. Polonia, Noruega, Dinamarca, Luxemburgo, Bélgica, Países Bajos y Francia habían sucumbido ante el imparable avance de la Wehrmacht. Alemania era claramente el caballo ganador en el conflicto, pero existía un importante escollo para la hegemonía total germana en Europa: Gran Bretaña. Los británicos suponían un hueso duro de roer. Su orgullo y determinación, pero sobre todo su posición geográfica, hacía difícil su sometimiento. El poderío militar del ejército británico no pasaba por sus mejores momentos. El descalabro en Francia del cuerpo expedicionario y su apresurada retirada desde las playas de Dunkerque habían dejado a las Islas casi indefensas, sin apenas artillería ni carros de combate. Solo el todavía intacto poder naval de su Royal Navy había impedido que los preparativos alemanes de invasión fueran llevados a cabo. La Operación León Marino, como se le llamó al plan de invasión, fue cancelada a mediados de octubre. Por esas fechas, la campaña de bombardeos para debilitar las industrias británicas y allanar el camino del fallido desembarco llevaba en marcha más de tres meses. El Blitz, a pesar de la destrucción que estaba causando, parecía también abocado al fracaso debido a la inquebrantable voluntad combativa del pueblo británico. Este escollo en los planes alemanes exasperaba profundamente a Hitler, que veía como sus planes de invasión a la Unión Soviética debían aplazarse una y otra vez. La Wehrmacht no podía embarcarse en esa descomunal campaña con un segundo frente abierto con Gran Bretaña. Con el Blitz todavía en marcha, Hitler decidió que había que tomar el control del Mediterráneo para eliminar la hegemonía británica en la zona. La Royal Navy podía campar a sus anchas a través de sus dos entradas: el Estrecho de Gibraltar y el Canal de Suez, ambas bajo su control. En 1940, la presencia británica en el Mediterráneo se convirtió en la base de su supervivencia. Tras la caída de Francia y la entrada de Italia en el conflicto, el mar Mediterráneo dejó de ser una ruta comercial segura para transformarse en un frente de batalla crucial. Las bases británicas de Gibraltar, Malta y Alejandría suponían un auténtico escollo para la expansión del Eje en la zona. Además, al tener Gran Bretaña el control de los accesos, impedía por completo la salida al Océano Atlántico a la potente Regia Marina italiana para participar en otros escenarios bélicos. El control del Mediterráneo también era crucial para salvaguardar el buen desempeño de la inminente campaña rusa, a pesar de que a mediados de octubre de 1940 aún no se había iniciado la invasión italiana de Grecia.

Este escenario propició el deseo de Hitler de que España entrase en la guerra al lado del Eje. Esta alianza supondría poder expulsar a los británicos de Gibraltar y tener así el control de la entrada occidental al mar Mediterráneo. De esa manera los suministros a las flotas británicas solo podrían llevarse a cabo a través del canal de Suez con el descalabro logístico que ello supondría. El 16 de septiembre de 1940 el entonces ministro de Gobernación, Ramón Serrano Suñer, viajó a Berlín para exponer al ministro de Asuntos Exteriores del Reich, Joachim von Ribbentrop, las condiciones para la hipotética entrada de España en la guerra. La larga lista de peticiones que dictó Franco dejó abrumado al ministro alemán. Aparte de la soberanía del peñón de Gibraltar, se exigía el control absoluto del Marruecos francés y Orán, además de la entrega de cuantiosos suministros de alimentos y materias primas que garantizasen la supervivencia del país si Gran Bretaña no había sido derrotada una vez fuese formal el acuerdo. Al día siguiente Serrano Suñer se entrevistó con Hitler sin conseguir tampoco un compromiso firme de que sus reclamaciones fueran atendidas. A juicio de los alemanes, los españoles pedían más de lo que podían ofrecer. Las reivindicaciones sobre las posesiones francesas del Norte de África eran del todo inaceptables, ya que estas estaban bajo el control de la colaboracionista Francia de Vichy y Hitler no quería enemistarse con su jefe de estado, el mariscal Pétain. Así pues, la visita de Serrano Suñer a Berlín acabó siendo un relativo fracaso. Relativo porque tanto Franco como Hitler seguían deseando lo mismo, la entrada de España en la guerra. Los británicos, por su parte, conocedores de la visita de Serrano Suñer a Berlín, se mostraron dispuestos a hacer concesiones para intentar evitar la adhesión de España al Eje. Franco, que por razones personales seguía anhelando tener bajo su autoridad todo el Marruecos francés, hizo un movimiento que dejó claras sus intenciones. El 16 de octubre nombró a Serrano Suñer ministro de Asuntos Exteriores, destituyendo al anglófilo Juan Beigbeder, que no era del agrado de Hitler. También cesó al ministro de Industria y Comercio, Luis Alarcón de la Lastra, por sus conocidas inclinaciones probritánicas. La estrategia dio sus frutos y días después Heinrich Himmler se trasladaba a España para supervisar las medidas de seguridad para la celebración de la reunión entre Hitler y Franco.

El lugar elegido para la reunión fue la estación de tren de la ciudad francesa de Hendaya y su fecha el 23 de octubre. El enclave estaba dentro de la Francia ocupada por los alemanes y muy cerca de la frontera con España. Esto, a juicio de los alemanes, garantizaba la seguridad de Hitler y daba a la reunión un aire de imparcialidad al no celebrarse ni en Berlín, ni en Madrid. El tren oficial de Hitler, el Erika, llegó a la estación a las 15.20 horas desde París. El tren de Franco arribó ocho minutos más tarde desde San Sebastián. Cuando el Caudillo descendió del vagón ya le esperaban en el andén Hitler y Ribbentrop. Después de un efusivo saludo pasaron revista a la guardia ceremonial alemana y a su término se encaminaron hacia el coche-salón del Erika. A la entrevista solo asistieron los dos mandatarios con sus respectivos ministros de Asuntos Exteriores y dos traductores de plena confianza.

La reunión comenzó con una larga alocución por parte de Hitler sobre el Nuevo Orden europeo, en el que, por supuesto, España tendría su lugar de honor, siempre y cuando participara de manera conveniente en la victoria del Eje. Franco también se extendió en su discurso, dejando claras sus ambiciones sobre Marruecos y la necesidad de la importante provisión de suministros que España requería. Hitler le respondió que el tema de Marruecos era muy delicado, ya que la cooperación del Régimen de Vichy era muy necesaria y tocar sus colonias podría enfrentarle con Pétain. En cuanto a los suministros demandados, las 100 000 toneladas de trigo pedidas le parecían un exceso, aunque se podría estudiar. En lo referente a medios militares, sobre todo aviones, Hitler fue también reticente ya que su país necesitaba toda la producción para acometer las futuras acciones militares que el desarrollo de la guerra exigía.

Tras algo más de dos horas, la reunión llegó a su fin. Franco y Hitler se despidieron cordialmente, aunque nada satisfechos con el desarrollo de la entrevista. Los dos se marcharon con la convicción de que era imposible llegar a un acuerdo. Hitler pensaba que para lo poco que podía aportar España, las exigencias eran del todo desproporcionadas. No estaba dispuesto a regalar a Franco un imperio colonial sin recibir casi nada a cambio. Franco, por su parte, mostró una intransigencia férrea en sus demandas y pecó de arrogancia al intentar estar a la misma altura de Hitler, cuando eso era algo del todo descabellado. Nada más finalizar la reunión de los mandatarios comenzó otra, la de los ministros de Asuntos Exteriores. Ambos acordaron la elaboración de un protocolo secreto cuyo borrador se llevó el ministro español. Esa misma noche Serrano Suñer y Franco redactaron una nueva propuesta en el palacio de Ayete en San Sebastián que fue enviada de nuevo a Hendaya. Ribbentrop no aceptó las enmiendas hechas al documento alemán, algo que Serrano Suñer nunca comunicó a Franco. El protocolo secreto comprometía a España a unirse al Eje en una fecha decidida por las tres potencias que lo conformaban, pero con una cláusula que establecía la consumación de los preparativos militares para ello. Esto le daba la libertad a Franco de decidir cuando le interesaba entrar en la guerra.

Con todos estos datos se puede concluir que la reunión no fue un rotundo fracaso y que Hitler se fue de Hendaya con una promesa de Franco para entrar en la guerra a su lado. La razón de por qué al final España no participó en la guerra es algo que tiene muchos matices. Por un lado Hitler ya había renunciado a la invasión de Gran Bretaña unos días antes del encuentro en Hendaya. El Blitz tampoco estaba dando los resultados esperados, debido a la tenaz defensa de la RAF. Los británicos no mostraban signos de flaqueza y se estaban consumiendo muchos recursos, sobre todo aéreos, en una empresa que no ofrecía ninguna garantía de éxito. Unos días después de la reunión en Hendaya Italia comenzó la invasión de Grecia y en poco tiempo Alemania tuvo que acudir en su ayuda. En ese momento Hitler pidió a su estado mayor (OKW) que diseñase un plan para invadir Gibraltar y así bloquear la ayuda británica a los griegos. La Operación Félix consistía en el envío de dos cuerpos de ejército, uno para la toma de Gibraltar y el segundo para enviarlo hacia la frontera con Portugal para impedir un posible contraataque británico. Pero para iniciar esta operación hacía falta que España entrase en la guerra. Serrano Suñer volvió a exigir las condiciones expuestas en Hendaya, en especial lo concerniente a los suministros de alimentos para la población, ya que el sustento de la nación dependía de lo que en esos momentos les enviaba Gran Bretaña. Al no llegar a ningún acuerdo real, el ministro se acogió a lo firmado en el protocolo de Hendaya por el que España solo entraría en guerra cuando estuviera preparada militarmente y Franco diera su visto bueno. Al poco tiempo la Operación Félix fue cancelada. Meses después se produjo un golpe de estado en Yugoslavia que anuló su adhesión al Pacto Tripartito firmado dos días antes. Con este escenario la invasión de la Unión Soviética, la campaña más ambiciosa de Hitler, tenía visos de no realizarse según los planes ya elaborados. Había que asegurar Grecia y Yugoslavia para no tener flancos expuestos una vez iniciada la Operación Barbarroja y eso suponía derivar una considerable cantidad de fuerzas alemanas para invadir simultáneamente los dos países. Todos estos sucesos hacían que las preocupaciones de Hitler por la cuestión española quedasen eclipsadas, tenía otras cosas en que pensar antes que forzar la entrada de España en la contienda.

Por otro lado, Franco temía la reacción británica a su tanteo en Hendaya con Hitler. Le horrorizaba la ruptura de relaciones comerciales con Gran Bretaña antes de haber conseguido algo seguro con Alemania. Y no solo temía el bloqueo naval de la Península, le espantaba una posible invasión de las Islas Canarias o incursiones aéreas en los puertos del Cantábrico. Eso le llevó a ralentizar el proceso de entrar en la guerra al lado del Eje a la espera de los acontecimientos. Y el tiempo le dio la razón, la Alemania victoriosa de los años 1939 y 1940 ya no fue la misma a partir de 1941. Cuando se produjo la invasión de la Unión Soviética Serrano Suñer, para calmar los ánimos, tuvo la idea de enviar una división de voluntarios para combatir el bolchevismo. Este contingente, conocido como la División Azul, se formó en junio de 1941 y tuvo un desempeño importante en el frente de Leningrado, obteniendo una excelente reputación dentro del Ejército Alemán.

El 7 de diciembre de 1941 los japoneses atacaron la base naval de Pearl Harbor en el Pacífico, forzando a los Estados Unidos a entrar de facto en la guerra. Este hecho supuso un punto de inflexión radical para la dictadura franquista, obligándola a recalcular toda su política exterior. Si bien, en un principio, Serrano Suñer envió un telegrama de felicitación al gobierno de Tokio, la entrada en la guerra de la gigantesca maquinaria industrial y militar de Estados Unidos supuso un golpe de realidad para Franco. Declarar la guerra a Japón suponía declarar la guerra al Eje y eso traía consigo que la victoria de la Alemania nazi en Europa ya no estaba garantizada. Además, Estados Unidos y Gran Bretaña controlaban el flujo de petróleo y productos básicos hacia la península, por lo que un posicionamiento abierto a favor de Japón habría provocado el terrible bloqueo tantas veces temido por Franco. En 1942 Franco destituyó a Serrano Suñer como ministro de Asuntos Exteriores en favor de Francisco Gómez-Jordana, un diplomático de perfil más moderado que facilitó el acercamiento a los aliados. En octubre de 1943 España cambió su estatus de no beligerante para volver a declararse neutral y, en base a ello, los aliados obligaron al gobierno español a la retirada de la División Azul y al cese paulatino de la exportación de wolframio hacia Alemania. A principios de 1944 se produjo el temido embargo de petróleo por parte de los aliados y para levantarlo España tuvo que ceder por completo a una serie de exigencias, de las cuales las más significativas fueron el cierre del consulado alemán en Tánger, la expulsión de los agentes y espías alemanes del territorio nacional y la prohibición total de las exportaciones de wolframio a Alemania.

Todos estos sucesos llevaron irremisiblemente a un claro distanciamiento del régimen de Franco con el Eje. Ya no había ideologías comunes, ni lazos sentimentales que seguir fraguando; ya solo se respiraba en el aire el instinto de supervivencia. La ruptura diplomática definitiva no ocurrió con los países europeos afines al Eje, fue con Japón. Durante la liberación de Filipinas por parte de los norteamericanos, las tropas japonesas asesinaron a cientos de civiles españoles y destruyeron varias propiedades de órdenes religiosas en Manila. Estos sucesos fueron la justificación perfecta para que España notificara oficialmente la ruptura de relaciones diplomáticas con Japón. Incluso se llegó a insinuar un hipotético envío de tropas a la zona, algo que Washington no consideró oportuno. El 8 de mayo de 1945 Alemania firmó la rendición incondicional de sus tropas ante los aliados. El 2 de septiembre le tocó a Japón poner fin a la Segunda Guerra Mundial a bordo del acorazado USS Missouri en la bahía de Tokio.

Mientras el resto de la Europa Occidental iniciaba su reconstrucción, España se hundía en el aislamiento internacional y en una profunda miseria económica. El país fue excluido de la recién creada ONU y se cerraron en él la mayoría de las embajadas extranjeras. Para colmo, Francia cerró sus fronteras asfixiando aún más el intercambio comercial y de personas. Para intentar subsistir, el régimen implementó la autarquía buscando la autosuficiencia de la nación, con resultados desastrosos. España tampoco se benefició de las ayudas del Plan Marshall y tuvo que mantener las cartillas de racionamiento hasta los años cincuenta. El aislamiento comenzó a menguar a partir de 1947 con el inicio de la Guerra Fría. Estados Unidos vio en la dictadura franquista un aliado válido en el sur de Europa que podría ayudarles a frenar el avance del comunismo.

España estuvo a punto de participar activamente en la Segunda Guerra Mundial. Por suerte, la precariedad económica del país y las disparatadas ambiciones del Caudillo evitaron lo que habría supuesto un nuevo desastre para la población española. Hay quien opina que si España hubiera combatido al lado del Eje, las ayudas de los vencedores durante la postguerra habrían incentivado el desarrollo y la recuperación del país con más celeridad. Todo ello, por supuesto, a costa de la sangre derramada de miles de combatientes y de un tremendo sufrimiento de la población civil.

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